Las 3 homilías más importantes del Papa Francisco a los Jesuitas

161024_gc36_pope_francis_visit_ie_1-750x420-1HOMILÍA DEL SANTO PADRE FRANCISCO
CON OCASIÓN DE LA FIESTA DE SAN IGNACIO DE LOYOLA

Iglesia del Santísimo Nombre de Jesús, Roma
Miércoles 31 de julio de 2013

En esta Eucaristía en la que celebramos a nuestro padre Ignacio de Loyola, a la luz de las lecturas que hemos escuchado, desearía proponer tres sencillos pensamientos guiados por tres expresiones: poner en el centro a Cristo y a la Iglesia; dejarse conquistar por Él para servir; sentir la vergüenza de nuestras limitaciones y pecados para ser humildes ante Él y ante nuestros hermanos.

1. El escudo de nosotros, jesuitas, es un monograma, el acrónimo de «Iesus Hominum Salvator» (IHS). Cada uno de vosotros podrá decirme: ¡lo sabemos muy bien! Pero este escudo nos recuerda continuamente una realidad que jamás debemos olvidar: la centralidad de Cristo para cada uno de nosotros y para toda la Compañía, a la que san Ignacio quiso precisamente llamar «de Jesús» para indicar el punto de referencia. Por lo demás, también al comienzo de los Ejercicios Espirituales nos sitúa ante nuestro Señor Jesucristo, nuestro Creador y Salvador (cf. EE, 5). Y esto nos lleva a nosotros, jesuitas, y a toda la Compañía a estar «descentrados», a tener delante al «Cristo siempre mayor», el «Deus semper maior», el «intimior intimo meo», que nos lleva continuamente fuera de nosotros mismos, nos lleva a una cierta kenosis, a salir del «propio amor, querer e interés» (ee, 189). No está descontada la pregunta para nosotros, para todos nosotros: ¿es Cristo el centro de mi vida? ¿Pongo verdaderamente a Cristo en el centro de mi vida? Porque existe siempre la tentación de pensar que estamos nosotros en el centro. Y cuando un jesuita se pone él mismo en el centro, y no a Cristo, se equivoca. En la primera lectura Moisés repite con insistencia al pueblo que ame al Señor, que camine por sus sendas, «pues Él es tu vida» (cf. Dt 30, 16.20). ¡Cristo es nuestra vida! A la centralidad de Cristo le corresponde también la centralidad de la Iglesia: son dos fuegos que no se pueden separar: yo no puedo seguir a Cristo más que en la Iglesia y con la Iglesia. Y también en este caso nosotros, jesuitas, y toda la Compañía no estamos en el centro; estamos, por así decirlo, «desplazados», estamos al servicio de Cristo y de la Iglesia, la Esposa de Cristo nuestro Señor, que es nuestra Santa Madre Iglesia Jerárquica (cf. EE, 353). Ser hombres enraizados y fundados en la Iglesia: así nos quiere Jesús. No puede haber caminos paralelos o aislados. Sí, caminos de investigación, caminos creativos, sí; esto es importante: ir hacia las periferias, las muchas periferias. Para esto se requiere creatividad, pero siempre en comunidad, en la Iglesia, con esta pertenencia que nos da el valor para ir adelante. Servir a Cristo es amar a esta Iglesia concreta, y servirla con generosidad y espíritu de obediencia.

2. ¿Cuál es el camino para vivir esta doble centralidad? Contemplemos la experiencia de san Pablo, que es también la experiencia de san Ignacio. El Apóstol, en la segunda lectura que hemos escuchado, escribe: me esfuerzo por correr hacia la perfección de Cristo porque también «yo he sido alcanzado por Cristo» (Flp 3, 12). Para Pablo sucedió en el camino de Damasco; para Ignacio en su casa de Loyola; pero el punto fundamental es común: dejarse conquistar por Cristo. Yo busco a Jesús, yo sirvo a Jesús porque Él me ha buscado antes, porque he sido conquistado por Él: y éste es el núcleo de nuestra experiencia. Pero Él es el primero, siempre. En español existe una palabra que es muy gráfica, que lo explica bien: Él nos «primerea». Es el primero siempre. Cuando nosotros llegamos, Él ha llegado y nos espera. Y aquí querría recordar la meditación sobre el Reino, en la segunda semana. Cristo nuestro Señor, Rey eterno, llama a cada uno de nosotros diciéndonos: «quien quisiere venir conmigo, ha de trabajar conmigo, porque siguiéndome en la pena, también me siga en la gloria» (EE, 95): ser conquistado por Cristo para ofrecer a este Rey toda nuestra persona y toda nuestra fatiga (cf. EE, 96); decir al Señor querer hacer todo para su mayor servicio y alabanza, imitarle en soportar también injurias, desprecio, pobreza (cf. EE, 98). Pero pienso en nuestro hermano en Siria en este momento. Dejarse conquistar por Cristo significa tender siempre hacia aquello que tenemos de frente, hacia la meta de Cristo (cf. Flp 3, 14) y preguntarse con verdad y sinceridad: ¿Qué he hecho por Cristo? ¿Qué hago por Cristo? ¿Qué debo hacer por Cristo? (cf. EE, 53).

3. Y llego al último punto. En el Evangelio Jesús nos dice: «Quien quiera salvar su vida la perderá, pero el que pierda su vida por mi causa la salvará… Si uno se avergüenza de mí…» (Lc 9, 23-26). Y así sucesivamente. La vergüenza del jesuita. La invitación que hace Jesús es la de no avergonzarse nunca de Él, sino seguirle siempre con entrega total, fiándose y confiándose a Él. Pero contemplando a Jesús, como nos enseña san Ignacio en la Primera Semana, sobre todo contemplando al Cristo crucificado, sentimos ese sentimiento tan humano y tan noble que es la vergüenza de no estar a la altura; contemplamos la sabiduría de Cristo y nuestra ignorancia, su omnipotencia y nuestra debilidad, su justicia y nuestra iniquidad, su bondad y nuestra maldad (cf. EE, 59). Pedir la gracia de la vergüenza; vergüenza que me llega del continuo coloquio de misericordia con Él; vergüenza que nos hace sonrojar ante Jesucristo; vergüenza que nos pone en sintonía con el corazón de Cristo que se hizo pecado por mí; vergüenza que pone en armonía nuestro corazón en las lágrimas y nos acompaña en el seguimiento cotidiano de «mi Señor». Y esto nos lleva siempre, individualmente y como Compañía, a la humildad, a vivir esta gran virtud. Humildad que nos hace conscientes cada día de que no somos nosotros quienes construimos el Reino de Dios, sino que es siempre la gracia del Señor que actúa en nosotros; humildad que nos impulsa a ponernos por entero no a nuestro servicio o al de nuestras ideas, sino al servicio de Cristo y de la Iglesia, como vasijas de barro, frágiles, inadecuados, insuficientes, pero en los cuales hay un tesoro inmenso que llevamos y comunicamos (2 Co 4, 7). Siempre me ha gustado pensar en el ocaso del jesuita, cuando un jesuita acaba su vida, cuando declina. Y recuerdo siempre dos imágenes de este ocaso del jesuita: una clásica, la de san Francisco Javier, mirando China. El arte ha pintado muchas veces este ocaso, este final de Javier. También la literatura, en ese bello fragmento de Pemán. Al final, sin nada, pero ante el Señor; esto me hace bien: pensar en esto. El otro ocaso, la otra imagen que me viene como ejemplo, es la del padre Arrupe en el último coloquio en el campo de refugiados, cuando nos había dicho —lo que él mismo decía— «esto lo digo como si fuera mi canto del cisne: orad». La oración, la unión con Jesús. Y, después de haber dicho esto, tomó el avión, llegó a Roma con el ictus, que dio inicio a aquel ocaso tan largo y tan ejemplar. Dos ocasos, dos imágenes que a todos nosotros hará bien contemplar, y volver a estas dos. Y pedir la gracia de que nuestro ocaso sea como el de ellos.

Queridos hermanos, dirijámonos a Nuestra Señora; que Ella, que llevó a Cristo en su vientre y acompañó los primeros pasos de la Iglesia, nos ayude a poner siempre en el centro de nuestra vida y de nuestro ministerio a Cristo y a su Iglesia; que Ella, que fue la primera y más perfecta discípula de su Hijo, nos ayude a dejarnos conquistar por Cristo para seguirle y servirle en cada situación; que Ella, que respondió con la humildad más profunda al anuncio del Ángel: «He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra» (Lc 1, 38), nos haga experimentar la vergüenza por nuestra indigencia frente al tesoro que nos ha sido confiado, para vivir la humildad ante Dios. Que acompañe nuestro camino la paterna intercesión de san Ignacio y de todos los santos jesuitas, que continúan enseñándonos a hacer todo, con humildad, ad maiorem Dei gloriam.

jesuitssymbolSANTA MISA EN EL DÍA DEL SANTÍSIMO NOMBRE DE JESÚS

HOMILÍA DEL SANTO PADRE FRANCISCO

Iglesia del Gesù, Roma
Viernes 3 de enero de 2014

San Pablo nos dice, lo hemos escuchado: «Tened entre vosotros los mismos sentimientos de Cristo Jesús. El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios; al contrario, se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo» (Flp 2, 5-7). Nosotros, jesuitas, queremos ser galardonados en el nombre de Jesús, militar bajo el estandarte de su Cruz, y esto significa: tener los mismos sentimientos de Cristo. Significa pensar como Él, querer como Él, mirar como Él, caminar como Él. Significa hacer lo que hizo Él y con sus mismos sentimientos, con los sentimientos de su Corazón.

El corazón de Cristo es el corazón de un Dios que, por amor, se «vació». Cada uno de nosotros, jesuitas, que sigue a Jesús debería estar dispuesto a vaciarse de sí mismo. Estamos llamados a este abajamiento: ser de los «despojados». Ser hombres que no deben vivir centrados en sí mismos porque el centro de la Compañía es Cristo y su Iglesia. Y Dios es el Deus semper maior, el Dios que nos sorprende siempre. Y si el Dios de las sorpresas no está en el centro, la Compañía se desorienta. Por ello, ser jesuita significa ser una persona de pensamiento incompleto, de pensamiento abierto: porque piensa siempre mirando al horizonte que es la gloria de Dios siempre mayor, que nos sorprende sin pausa. Y ésta es la inquietud de nuestro abismo. ¡Esta santa y bella inquietud!

Pero, porque somos pecadores, podemos preguntarnos si nuestro corazón ha conservado la inquietud de la búsqueda o si, en cambio, se ha atrofiado; si nuestro corazón está siempre en tensión: un corazón que no se acomoda, no se cierra en sí mismo, sino que late al ritmo de un camino que se realiza junto a todo el pueblo fiel de Dios. Es necesario buscar a Dios para encontrarlo, y encontrarlo para buscarlo aún y siempre. Sólo esta inquietud da paz al corazón de un jesuita, una inquietud también apostólica, no nos debe provocar cansancio de anunciar el kerygma, de evangelizar con valentía. Es la inquietud que nos prepara para recibir el don de la fecundidad apostólica. Sin inquietud somos estériles.

Ésta es la inquietud que tenía Pedro Fabro, hombre de grandes deseos, otro Daniel. Fabro era un «hombre modesto, sensible, de profunda vida interior y dotado del don de entablar relaciones de amistad con personas de todo tipo» (Benedicto XVI, Discurso a los jesuitas, 22 de abril de 2006). Pero era también un espíritu inquieto, indeciso, jamás satisfecho. Bajo la guía de san Ignacio aprendió a unir su sensibilidad inquieta pero también dulce, diría exquisita, con la capacidad de tomar decisiones. Era un hombre de grandes aspiraciones; se hizo cargo de sus deseos, los reconoció. Es más, para Fabro es precisamente cuando se proponen cosas difíciles cuando se manifiesta el auténtico espíritu que mueve a la acción (cf. Memorial, 301). Una fe auténtica implica siempre un profundo deseo de cambiar el mundo. He aquí la pregunta que debemos plantearnos: ¿también nosotros tenemos grandes visiones e impulsos? ¿También nosotros somos audaces? ¿Vuela alto nuestro sueño? ¿Nos devora el celo? (cf. Sal 69, 10) ¿O, en cambio, somos mediocres y nos conformamos con nuestras programaciones apostólicas de laboratorio? Recordémoslo siempre: la fuerza de la Iglesia no está en ella misma y en su capacidad de organización, sino que se oculta en la aguas profundas de Dios. Y estas aguas agitan nuestros deseos y los deseos ensanchan el corazón. Es lo que dice san Agustín: orar para desear y desear para ensanchar el corazón. Precisamente en los deseos Fabro podía discernir la voz de Dios. Sin deseos no se va a ninguna parte y es por ello que es necesario ofrecer los propios deseos al Señor. En las Constituciones dice que «se ayuda al prójimo con los deseos presentados a Dios, nuestro Señor» (Constituciones, 638).

Fabro tenía el auténtico y profundo deseo de «estar dilatado en Dios»: estaba completamente centrado en Dios, y por ello podía ir, en espíritu de obediencia, a menudo también a pie, por todos los lugares de Europa, a dialogar con todos con dulzura, y a anunciar el Evangelio. Me surge pensar en la tentación, que tal vez podemos tener nosotros y que muchos tienen, de relacionar el anuncio del Evangelio con bastonazos inquisidores, de condena. No, el Evangelio se anuncia con dulzura, con fraternidad, con amor. Su familiaridad con Dios le llevaba a comprender que la experiencia interior y la vida apostólica van siempre juntas. Escribe en su Memorial que el primer movimiento del corazón debe ser el de «desear lo que es esencial y originario, es decir, que el primer lugar se deje a la solicitud perfecta de encontrar a Dios nuestro Señor» (Memorial, 63). Fabro experimenta el deseo de «dejar que Cristo ocupe el centro del corazón» (Memorial, 68). Sólo si se está centrado en Dios es posible ir hacia las periferias del mundo. Y Fabro viajó sin descanso incluso a las fronteras geográficas, que se decía de él: «Parece que nació para no estar quieto en ninguna parte» (mi, Epistolae i, 362). A Fabro le devoraba el intenso deseo de comunicar al Señor. Si nosotros no tenemos su mismo deseo entonces necesitamos detenernos en oración y, con fervor silencioso, pedir al Señor, por intercesión de nuestro hermano Pedro, que vuelva a fascinarnos: esa fascinación por el Señor que llevaba a Pedro a todas estas «locuras» apostólicas.

Nosotros somos hombres en tensión, somos también hombres contradictorios e incoherentes, pecadores, todos. Pero hombres que quieren caminar bajo la mirada de Jesús. Somos pequeños, somos pecadores, pero queremos militar bajo el estandarte de la Cruz en la Compañía galardonada con el nombre de Jesús. Nosotros, que somos egoístas, queremos también vivir una vida agitada por grandes deseos. Renovemos así nuestra oblación al Eterno Señor del universo para que con la ayuda de su Madre gloriosa podamos querer, desear y vivir los sentimientos de Cristo que se despojó de sí mismo. Como escribía Pedro Fabro, «no busquemos nunca en esta vida un nombre que no se relacione con el de Jesús» (Memorial, 205). Y pidamos a la Virgen ser puestos con su Hijo.
 

Pope Francis visits delegates of General Congregation 36.
Pope Francis visits delegates of General Congregation 36.

CELEBRACIÓN DE LAS VÍSPERAS Y TE DEUM
EN EL BICENTENARIO DE LA
RESTAURACIÓN DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS

DISCURSO DEL SANTO PADRE

Iglesia del “Gesù”, Roma
Sábado 27 de septiembre de 2014

Queridos hermanos y amigos en el Señor:

La Compañía distinguida con el nombre de Jesús vivió tiempos difíciles, de persecución. Durante el generalato del padre Lorenzo Ricci «los enemigos de la Iglesia lograron obtener la supresión de la Compañía» (Juan Pablo II, Mensaje al padre Kolvenbach, 31 de julio de 1990) por parte de mi predecesor Clemente XIV. Hoy, recordando su reconstitución, estamos llamados a recuperar nuestra memoria, a hacer memoria, teniendo presentes los beneficios recibidos y los dones particulares (cf. Ejercicios Espirituales, 234). Y hoy quiero hacerlo con vosotros aquí.

En tiempos de tribulación y desconcierto se levanta siempre una polvareda de dudas y sufrimientos, y no es fácil ir adelante, proseguir el camino. Sobre todo en los tiempos difíciles y de crisis se dan tantas tentaciones: detenerse para discutir sobre ideas, dejarse llevar por la desolación, concentrarse en el hecho de ser perseguidos, y no ver otra cosa. Leyendo las cartas del padre Ricci, me ha impresionado mucho un aspecto: su capacidad de no caer en la trampa de estas tentaciones y proponer a los jesuitas, en tiempo de tribulación, una visión de las cosas que los arraigaba aún más en la espiritualidad de la Compañía.

El padre general Ricci, que escribía a los jesuitas de entonces viendo las nubes que ensombrecían el horizonte, fortalecía su pertenecía al cuerpo de la Compañía y su misión. Por tanto, hizo discernimiento en un tiempo de confusión y desconcierto. No perdió tiempo en discutir sobre ideas y en quejarse, sino que se hizo cargo de la vocación de la Compañía. Debía protegerla, y se hizo cargo de ella.

Y esta actitud llevó a los jesuitas a experimentar la muerte y la resurrección del Señor. Ante la pérdida de todo, incluso de su identidad pública, no se resistieron a la voluntad de Dios, no se resistieron al conflicto, tratando de salvarse a sí mismos. La Compañía —y esto es hermoso— vivió el conflicto hasta sus últimas consecuencias, sin reducirlo: vivió la humillación con Cristo humillado, obedeció. Jamás uno se salva del conflicto con la astucia y las estratagemas para resistir. En la confusión y ante la humillación, la Compañía prefirió vivir el discernimiento de la voluntad de Dios, sin buscar un modo de salir del conflicto en una condición aparentemente tranquila. O, al menos, elegante: no lo hizo.

Jamás la aparente tranquilidad colma nuestro corazón, sino la verdadera paz que es don de Dios. No se debe buscar nunca la «componenda» fácil ni poner en práctica fáciles «irenismos». Solo el discernimiento nos salva del verdadero desarraigo, de la verdadera «supresión» del corazón, que es el egoísmo, la mundanidad, la pérdida de nuestro horizonte, de nuestra esperanza, que es Jesús, que es solo Jesús. Y así el padre Ricci y la Compañía, en fase de supresión, prefirieron la historia a una posible «historieta» gris, sabiendo que el amor juzga a la historia, y que la esperanza —incluso en la oscuridad— es más grande que nuestras expectativas.

El discernimiento debe hacerse con recta intención, con mirada sencilla. Por eso el padre Ricci, precisamente en aquella ocasión de confusión y extravío, habla de los pecados de los jesuitas. Parece hacer publicidad en contra. No se defiende sintiéndose víctima de la historia, sino que se reconoce pecador. Mirarse a sí mismo, reconociéndose pecador, evita la actitud de considerarse víctima ante un verdugo. Reconocerse pecador, reconocerse verdaderamente pecador, significa asumir la actitud justa para recibir el consuelo.

Podemos repasar brevemente este camino de discernimiento y de servicio que el padre general indicó a la Compañía. Cuando en 1759 los decretos de Pombal destruyeron las provincias portuguesas de la Compañía, el padre Ricci vivió el conflicto sin quejarse y sin abandonarse a la desolación; al contrario, invitó a rezar para pedir el espíritu bueno, el verdadero espíritu sobrenatural de la vocación, la docilidad perfecta a la gracia de Dios. Cuando en 1761 la tormenta avanzaba en Francia, el padre general pidió poner toda la confianza en Dios. Quería que se aprovecharan las pruebas soportadas para una mayor purificación interior: ellas nos conducen a Dios y pueden servir para su mayor gloria; además, recomienda la oración, la santidad de la vida, la humildad y el espíritu de obediencia. En 1767, después de la expulsión de los jesuitas españoles, sigue invitando a rezar. Y en fin, el 21 de febrero de 1773, apenas seis meses antes de la firma del Breve Dominus ac Redemptor, ante la falta total de ayuda humana, ve la mano de la misericordia de Dios que, a quienes pone a prueba, invita a no confiar en otros sino sólo en Él. La confianza debe aumentar precisamente cuando las circunstancias nos tiran por el suelo. Lo importante para el padre Ricci es que la Compañía sea fiel hasta las últimas consecuencias al espíritu de su vocación, que es la mayor gloria de Dios y la salvación de las almas.

La Compañía, incluso ante su mismo fin, permaneció fiel al fin por el cual había sido fundada. Por eso Ricci concluye con una exhortación a mantener vivo el espíritu de caridad, de unión, de obediencia, de paciencia, de sencillez evangélica, de verdadera amistad con Dios. Todo lo demás es mundanidad. Que el fuego de la mayor gloria de Dios nos atraviese también hoy, quemando toda complacencia y envolviéndonos en una llama que tenemos dentro, que nos concentra y nos expande, nos engrandece y nos empequeñece.

Así, la Compañía vivió la prueba suprema del sacrificio que injustamente se le pedía haciendo suya la oración de Tobit, quien abatido por el dolor suspira, llora e implora: «Eres justo, Señor, y justas son tus obras; siempre actúas con misericordia y fidelidad, tú eres juez del universo. Acuérdate, Señor, de mí y mírame; no me castigues por los pecados y errores que yo y mis padres hemos cometido. Hemos pecado en tu presencia, hemos transgredido tus mandatos y tú nos has entregado al saqueo, al cautiverio y a la muerte, hasta convertirnos en burla y chismorreo, en irrisión para todas las naciones entre las que nos has dispersado». Y concluye con la petición más importante: «Señor, no me retires tu rostro» (Tb 3, 1-4.6d).

Y el Señor respondió mandando a Rafael a quitar las manchas blancas de los ojos de Tobit, para que volviera a ver la luz de Dios. Dios es misericordioso, Dios corona de misericordia. Dios nos quiere y nos salva. A veces el camino que conduce a la vida es estrecho, pero la tribulación, si la vivimos a la luz de la misericordia, nos purifica como el fuego, nos da tanto consuelo e inflama nuestro corazón, aficionándolo a la oración. Durante la supresión, nuestros hermanos jesuitas fueron fervorosos en el espíritu y en el servicio al Señor, gozosos en la esperanza, constantes en la tribulación, perseverantes en la oración (cf. Rm 12, 12). Y esto honró a la Compañía, no ciertamente el encomio de sus méritos. Así será siempre.

Recordemos nuestra historia: a la Compañía se le ha concedido, «gracias a Cristo, no sólo el don de creer en Él, sino también el de sufrir por Él» (Flp 1, 29). Nos hace bien recordar esto.

La nave de la Compañía fue sacudida por las olas, y esto no debe maravillarnos. También la barca de Pedro puede ser sacudida hoy. La noche y el poder de las tinieblas están siempre cerca. Es fatigoso remar. Los jesuitas deben ser «remeros expertos y valerosos» (Pío VII, Sollicitudo omnium ecclesiarum): ¡remad, pues! Remad, sed fuertes, incluso con el viento en contra. Rememos al servicio de la Iglesia. Rememos juntos. Pero, mientras remamos —todos remamos, también el Papa rema en la barca de Pedro—, debemos rezar mucho: «Señor, ¡sálvanos!», «Señor, ¡salva a tu pueblo!». El Señor, aunque somos hombres de poca fe y pecadores, nos salvará. Esperemos en el Señor. Esperemos siempre en el Señor.

La Compañía reconstituida por mi predecesor Pío VII estaba formada por hombres valientes y humildes en su testimonio de esperanza, de amor y de creatividad apostólica, la del Espíritu. Pío VII escribió que quería reconstituir la Compañía para «proveer de manera adecuada a las necesidades espirituales del mundo cristiano sin diferencia de pueblos ni de naciones» (ibid.). Por eso dio la autorización a los jesuitas que aun existían, acá y allá, gracias a un soberano luterano y a una soberana ortodoxa, «para que permanecieran unidos en un solo cuerpo». Que la Compañía permanezca unida en un solo cuerpo.

Y la Compañía fue inmediatamente misionera y se puso a disposición de la Sede apostólica, comprometiéndose generosamente «bajo el estandarte de la cruz por el Señor y su Vicario en la tierra» (Formula Instituti, 1). La Compañía retomó su actividad apostólica con la predicación y la enseñanza, los ministerios espirituales, la investigación científica y la acción social, las misiones y el cuidado de los pobres, de los que sufren y de los marginados.

Hoy la Compañía afronta con inteligencia y laboriosidad también el trágico problema de los refugiados y los prófugos; y se esfuerza con discernimiento por integrar el servicio de la fe y la promoción de la justicia, en conformidad con el Evangelio. Confirmo hoy lo que nos dijo Pablo VI en nuestra trigésima segunda congregación general y que yo mismo escuché con mis oídos: «Dondequiera en la Iglesia, incluso en los campos más difíciles y en vanguardia, en las encrucijadas de las ideologías, en las trincheras sociales, donde ha habido y hay enfrentamiento entre las exigencias estimulantes del hombre y el mensaje perenne del Evangelio, allí han estado y están los jesuitas» (Enseñanzas al Pueblo de Dios XII [1974], 1881). Son palabras proféticas del futuro beato Pablo VI.

En 1814, en el momento de la reconstitución, los jesuitas eran una pequeña grey, una «Compañía mínima» que, sin embargo, después de la prueba de la cruz, sabía que tenía la gran misión de llevar la luz del Evangelio hasta los confines de la tierra. Por tanto, hoy debemos sentirnos así: en salida, en misión. La identidad del jesuita es la de un hombre que adora a Dios sólo y ama y sirve a sus hermanos, mostrando con el ejemplo no sólo en qué cree, sino también en qué espera y quién es Aquel en el que ha puesto su confianza (cf. 2 Tm 1, 12). El jesuita quiere ser un compañero de Jesús, uno que tiene los mismos sentimientos de Jesús.

La bula de Pío VII que reconstituía la Compañía fue firmada el 7 de agosto de 1814 en la basílica de Santa María la Mayor, donde nuestro santo padre Ignacio celebró su primera Eucaristía la noche de Navidad de 1538. María, nuestra Señora, Madre de la Compañía, se sentirá conmovida por nuestros esfuerzos por estar al servicio de su Hijo. Que ella nos guarde y nos proteja siempre.

Selección de la entrevista con el Papa Francisco realizada por Antonio Spadaro para las revistas culturales de la Compañía de Jesús en agosto de 2013

El discernimiento es, por tanto, un pilar de la espiritualidad del Papa. Esto es algo que expresa de forma especial su identidad de jesuita. En consecuencia, le pregunto cómo puede la Compañía de Jesús servir a la Iglesia de hoy, con qué rasgos peculiares, y también cuáles son los riesgos que le pueden amenazar.

«La Compañía es una institución en tensión, siempre radicalmente en tensión. El jesuita es un descentrado. La Compañía en sí misma está descentrada: su centro es Cristo y su Iglesia. Por tanto, si la Compañía mantiene en el centro a Cristo y a la Iglesia, tiene dos puntos de referencia en su equilibrio para vivir en la periferia. Pero si se mira demasiado a sí misma, si se pone a sí misma en el centro, sabiéndose una muy sólida y muy bien “armada” estructura, corre peligro de sentirse segura y suficiente. La Compañía tiene que tener siempre delante el Deus Semper maior, la búsqueda de la Gloria de Dios cada vez mayor, la Iglesia Verdadera Esposa de Cristo nuestro Señor, Cristo Rey que nos conquista y al que ofrecemos nuestra persona y todos nuestros esfuerzos, aunque seamos poco adecuados vasos de arcilla. Esta tensión nos sitúa continuamente fuera de nosotros mismos. El instrumento que hace verdaderamente fuerte a una Compañía descentrada es la realidad, a la vez paterna y materna, de la “cuenta de conciencia”, y precisamente porque le ayuda a emprender mejor la misión».

Aquí el Papa hace referencia a un punto específico de las Constituciones de la Compañía de Jesús, que dice que el jesuita debe «manifestar su conciencia», es decir, la situación interior que vive, de modo que el superior pueda obrar con conocimiento más exacto al enviar una persona a su misión.

«Pero es difícil hablar de la Compañía —prosigue el Papa Francisco—. Si somos demasiado explícitos, corremos el riesgo de equivocarnos. De la Compañía se puede hablar solamente en forma narrativa. Sólo en la narración se puede hacer discernimiento, no en las explicaciones filosóficas o teológicas, en las que es posible la discusión. El estilo de la Compañía no es la discusión, sino el discernimiento, cuyo proceso supone obviamente discusión. El aura mística jamás define sus bordes, no completa el pensamiento. El jesuita debe ser persona de pensamiento incompleto, de pensamiento abierto. Ha habido etapas en la vida de la Compañía en las que se ha vivido un pensamiento cerrado, rígido, más instructivo-ascético que místico: esta deformación generó el Epítome del Instituto».

Con esto el Papa alude a una especie de resumen práctico, en uso en la Compañía y formulado en el siglo XX, que llegó a ser considerado como sustituto de las Constituciones. La formación que los jesuitas recibían sobre la Compañía, durante un tiempo, venía marcada por este texto, hasta el punto que alguno podía no haber leído nunca las Constituciones, que constituyen el texto fundacional. Según el Papa, durante este período en la Compañía las reglas han corrido el peligro de ahogar el espíritu, saliendo vencedora la tentación de explicitar y hacer demasiado claro el carisma.

Prosigue: «No. El jesuita piensa, siempre y continuamente, con los ojos puestos en el horizonte hacia el que debe caminar, teniendo a Cristo en el centro. Esta es su verdadera fuerza. Y esto es lo que empuja a la Compañía a estar en búsqueda, a ser creativa, generosa. Por eso hoy más que nunca ha de ser contemplativa en la acción; tiene que vivir una cercanía profunda a toda la Iglesia, entendida como “pueblo de Dios” y “santa madre Iglesia jerárquica”. Esto requiere mucha humildad, sacrificio y valentía, especialmente cuando se viven incomprensiones o cuando se es objeto de equívocos y calumnias; pero es la actitud más fecunda. Pensemos en las tensiones del pasado con ocasión de los ritos chinos o los ritos malabares, o lo ocurrido en las reducciones del Paraguay».

«Yo mismo soy testigo de incomprensiones y problemas que la Compañía ha vivido aun en tiempo reciente. Entre estas estuvieron los tiempos difíciles en que surgió la cuestión de extender el “cuarto voto” de obediencia al Papa a todos los jesuitas. Lo que a mí me daba seguridad en tiempos del padre Arrupe era que se trataba de un hombre de oración, un hombre que pasaba mucho tiempo en oración. Lo recuerdo cuando oraba sentado en el suelo, como hacen los japoneses. Eso creó en él las actitudes convenientes e hizo que tomara las decisiones correctas».

What did Pope Francis say to the Jesuits since he was elected?

Pope Francis visits delegates of General Congregation 36.
Pope Francis visits delegates of General Congregation 36.

This article, written by fr. Elías Royón S.J., was published originally in Italian on La Civiltà Cattolica . Download and read the origianl version here: http://www.laciviltacattolica.it/articoli_download/extra/3990.pdf

In these years of Francis’ pontificate, he has addressed the Jesuits many times, so that the Society gathered in the General Congregation had already, in some way, a «previous discourse» of Pope Francis that can serve the Jesuits as inspiration and guide them on their path.  A «previous» discourse of a «big brother» as Laynez called Faber[1], but a big brother who is the Pope, to whom we, «with renewed impulse and fervor»[2], offer our vow of obedience, taken into consideration since the beginning of the Society «as our first and principal foundation»[3].

What we have called the «previous discourse» is composed of different allocutions that Pope Francis has addressed to the Jesuits.  They are placed in clear continuity with this discourse.  They gratefully make memory of a past that is passionately present:  the graces of the Lord that have identified us and continue to identify us with the Society.  «We are called to recover our memory, to make memory, calling to mind the benefits received and the particular gifts» (Esercizi Spirituali [ES], n. 234)[4].

A Pope who is a Jesuit makes «memory», but he must be Pope first for us rather than Jesuit.  If other Popes have reminded us of these graces, Francis does it knowing them from within our condition as Jesuits.  With some frequency, he is recognized explicitly Jesuit: he explains, with simplicity, almost softly, but without twisting words, the great and strong characteristics of our spirituality and identity.

What has the Pope said to us?  This is what we propose to demonstrate in this article, with the awareness, however, of the difficulties it entails.  We will try to be as objective as possible in presenting the characteristic themes, even though we are all inclined to select those aspects that agree better with our theological, pastoral, social, and even religious and spiritual sensibilities, but we must make an effort to welcome all the reflections that the Pope offers us broadmindedly and with generosity of spirit, above all when they recommit us to our way of living and to our mission.


Centrality of Christ

Our characteristic monogram, IHS, points us to—the Pope said on the feast of St Ignatius in 2013[5]—a reality that we must never forget: the centrality of Christ for each one of us for the entire Society.  Jesus is our center and sole reference.  It follows that every Jesuit and the body of the Society must always be «decentralized», never becoming «self-referential»; this displacement leads us to have before our eyes «the God always greater» who continually draws us out of ourselves and pushes us to a certain kenosis, to «go out of his self-love, will and interest» (ES n. 189).

To the serene proposal, but essential for our vocation, he added the suggestion of a question not taken for granted by all of us: is Christ the center of my life?  Do I truly put Christ at the center of my life?  The Pope does not exclude the eventuality that this «centering» our existence in Christ remains subjected to the temptation of thinking of ourselves being at the center.  «And in this case the Jesuit is wrong» Francis clearly says.

The same idea returns, some months later, in the homily for the Feast of the Holy Name of Jesus (January 2, 2014).  We Jesuits want to be distinguished with the name of Jesus, which means having the same feelings as Jesus.  But the heart of Christ is the heart of a God who through love is «emptied».  Each one of us must be disposed to empty himself.  In this circumstance Pope Francis uses the term «emptied himself» rather than «decentered himself» with a reference to the Christological hymn of the Letter to the Philippians (Phil 2:5-11).

We are called to be «emptied», Francis comments, men who must not be living centered on themselves, because the center of the Society of Jesus is Christ and his Church.  And the Pope draws attention on the consequence that persists in distancing ourselves from a similar «decentralization»: «If the God of surprises is not at the center it disorients the Society»

In the interview released by Fr. Spadaro, in September of 2013, the Pope is asked how the Society can serve the Church today, with what peculiar traits, and what risks may threaten it.  The answer is long and touches on diverse questions, but the first words are clear: «The Jesuit is a person who is not centered in himself.  The Society itself also looks to a center outside itself; its center is Christ and his Church.  […] If it looks too much in upon itself, it puts itself at the center as a very sold, very well “armed” structure, but then it runs the risk of feeling safe and self-sufficient»[6].

Feeling ourselves «safe and sufficient» is the danger that threatens the Society and is in contrast, according to the Pope, to the «being» of the Jesuit.  Francis speaks of the Jesuit and all the Society; «being decentered» is the attitude precisely not only of every Jesuit, but of the entire body of the Society.  A security and institutional sufficiency, that have often threatened the history of the Society, contradict its most original roots and most glorious moments in how it is marked by martyrdom.

Francis leads us to our strongest identifying roots: the Spiritual Exercises.  In them we are taught to ask of the Lord «to love him and follow him more» as a prayerful expression of our desire to identify ourselves with the poor and humble Christ that is formulated in the «meditation on the two standards», of our desire «to be received under his standard» (ES 147).  The Spirit leads us to that «third degree of humility», the synthesis of Ignatian mysticism in identification with Christ: «imitate and be in reality more like Christ our Lord, I desire and choose poverty with Christ poor, rather than riches; insults with Christ loaded with them, rather than honors; I desire to be accounted as worthless and a fool for Christ, rather than to be esteemed as wise and prudent in this world» (ES 167).

The Exercises are a personal experience that «conform» the Jesuit to Him who called him to this vocation, but their dynamic of imitation and of following Christ «forms» the entire body of the Society in the Constitutions (Cost.) as the «way» to realize the Ignatian charism in the Church.

Ignatius had the audacity to present, to those who wanted to enter into the Society, the prospect that they must « they desire to suffer injuries, false accusations, and affronts, and to be held and esteemed as fools (but without their giving any occasion for this), 5because of their desire to resemble and imitate in some manner our Creator and Lord Jesus Christ» (Cost. 101).

This «conformation» of the Society to Christ is revealed in the experience at La Storta, interpreted from the first moment as an «institutional grace» and not simply as a personal grace of Ignatius.  The elements of the vision are based on the choice of Ignatius and of his companions, the Society, on the part of the Father, to be placed with the Son who takes the cross upon himself.  Thus are we granted the grace to be received under the standard of Christ in poverty and humility.  The 35th General Congregation comments regarding this: « We Jesuits, then, find our identity not alone but in companionship: in companionship with the Lord, who calls, and in companionship with others who share this call. Its root is to be found in Saint Ignatius’s experience at La Storta» (D II, 3).

The Society will be «safe» and it will feel «sufficient» not when it will look to itself, but will know to live with the desire to conform itself to the poor and humble Christ of the Exercises, to the God incarnated in Jesus of Nazareth, the ultimate model of «decentralization» in history.  This is the identity that the Pope recalls to us with so much clarity and insistence.

And when Ignatius and his companions wanted to present to the Church, with the approval of the Society, a synthesis of its identity in the Formula dell’Istituto, they did not hesitate to place God at the center: the first concern of the Jesuit must be that of «having in front of his eyes, always, before any other thing, God» (curet primo Deum).  Pope Francis leads us here with almost the same words.  At the same time, to define the identity of the Society, in the Formula a strong accent is place on the cross: «Anyone who wants to soldier for God under the banner of the cross in our Society and to serve only the Lord and the Roman Pontiff, his vicar on earth…»[7].

The Formula then warns us about the need to examine ourselves to unmask deceptions: «ponder long and seriously, as the Lord has counseled, whether they possess among their resources enough spiritual capital to complete this tower» (n. 4).  Only thus will personal and apostolic discernment, the discrete caritas, availability, the strength of the magis for a bigger and better missionary service, the experience of friendship among «companions of Jesus» be possible:  well-known, these, both identify us and ensure «the preservation and growth of this whole body» (Cost. 814).

Pope Francis reminded the Society of one of the more meaningful moments of its humiliation and identification with Christ.  In the Solemn Vespers of September 27, 2014, on the anniversary of the bicentennial of the restoration of the Society, he said: «The Society – and this is beautiful – lived the conflict to the end, without minimizing it. It lived humiliation along with the humiliated Christ; it obeyed.  […]  Let us remember our history: “the Society was given the grace not only to believe in the Lord, but also to suffer for His sake” (Philippians 1:29). We do well to remember this»[8].

jesuitssymbolAt the service of the Church

To this centrality of Crist is united the centrality of the Church, and Francis expresses this idea with a metaphor:  «They are two fires that cannot be separated»[9].  The Pope starts from an affirmation valid for every Christian: «You cannot follow Christ if not in the Church and with the Church» and he applies it specifically to the Jesuits:  «And in this case too we Jesuits — and the entire Society — are not at the center, we are, so to speak, a corollary, we are at the service of Christ and of the Church, the Bride of Christ Our Lord, who is our holy Mother the hierarchical Church (cf. EE, 353)»[10].

To this concept so Ignatian, Pope Francis also made a reference in the letter that on March 16, 2013, three days after his election, he wrote to the Father General.  In it, he thanked him for the full availability to «to continue serving the Church and the Vicar of Christ unconditionally, in accordance with the precept of St Ignatius of Loyola».  And then he offers his prayers for all the Jesuits, «so that — faithful to the charism they have received and in the footsteps of the saints of our beloved Order — with their pastoral action, and above all with the witness of a life dedicated without reserve to serving the Church, Bride of Christ — they may be a Gospel leaven in the world, tirelessly seeking the glory of God and the good of souls»[11].

This first message of a Jesuit Pope to the Society cannot pass unnoticed.   It is not just simple, formal expressions, nor is it only a courtesy letter: in it is expressed the core that most identifies our vocation.  The letter is short, and almost all addressed to recalling our special relations with the Church and the Roman Pontiff.  In it there is no explicit reference to the fourth vow, but he mentions it there: «in accordance with the precept of St Ignatius of Loyola»; and he reiterates the idea of service: «to continue serving the Church and the Vicar of Christ unconditionally […], a life dedicated without reserve to serving the Church, Bride of Christ».

In the homily he proclaimed for the Feast of St Ignatius in 2013, the Pope insisted on the fact that it is a unique «centrality» with two dimensions.  Therefore, he can say in no uncertain terms: «Serving Christ is loving this actual Church, and serving her generously and in a spirit of obedience».

The Jesuit must love and serve a concrete and historic Church.  Ignatius urges us to love the Church that is a pilgrim in this world, subjected to temptation, and formed by weak men and sinners, needy of the mercy of the Father.  In the interview released by Fr. Spadaro, Pope Francis presents his image of Church: «It is that of the holy, faithful people of God».  To think with the Church, for Francis, means being in the midst of this people.  «It is the experience of the “holy mother hierarchical Church”, […] the Church as the people of God, pastors and people together.  The Church is the totality of the people of God»[12].

How to serve the Church

The Pope emphasizes a principal of behavior of the Jesuit and of the Society in the Church: «There can be no parallel or isolated paths»[13].  Then «shortcuts» built by ourselves are of no value, where we may feel ourselves «safe» and «sufficient», nor views of the world beginning from our center.  Here he presents a temptation to us, when we want to take decisions beginning from «our center», and not from the «center» of Christ and his Church.  Then we lose the capacity to apostolically discern—knowing how God and the Church want to make use of the Society—and to examine ourselves and tell ourselves truly how we are, where we turn our gaze, what are our horizons.

The Society will find itself in many apostolic fields, but always in the Church, «with this belonging that gives us the courage to go ahead».  And the Pope makes reference to the two values of research and peripheries: «Yes, ways of research, creative ways, this is indeed important: to move out to the periphery, the many peripheries. For this reason creativity is vital, but always in community, in the Church».

Pope Francis urges us to be present in two important and current missionary horizons:  research and peripheries, in whatever their modality, and to develop in them great creativity, but always «in the Church», «avoiding the spiritual illness of self-referentiality».  And to give strength to his affirmation regarding the Society, he adds: «When the Church becomes self-referential she too falls ill and ages»[14].

The Pope then points out another way to serve the Church: that of serving the Roman Pontiff, collaborating with his ministry.  In the celebration of the bicentennial of the restoration of the Society, referring to the words of Pope Pius VII in the Bull of restoration, he asks the Jesuits to be «brave and expert rowers»[15], and immediately after he urged them thus: «Row, be strong, even against a headwind! We row in the service of the Church. We row together!».  Therefore, the Pope invites us to row with him, because «the boat of Peter can be tossed about today».  The service that Francis asks of us is realized in the Church and in help to the Roman Pontiff: «to row with him».

This idea is linked with what many Popes have asked of the Society, but had special importance in the discourse of the Pope Emeritus at the 35th General Congregation (2008).  Pope Benedict told us that he counts on the Society, that he wants us to be loyal collaborators; and he pushed us to fulfill the important and difficult service of making ourselves «loyally take on the Church’s fundamental duty to remain faithful to her mandate and to adhere totally to the Word of God and to the Magisterium’s task of preserving the integral truth and unity of Catholic doctrine»[16].

12662677_10153857833672508_8503738987257899039_n-740x493The Jesuit, a sinful man

To the question addressed to him by Fr. Spadaro: «Who is Jorge Mario Bergoglio?», the Pope gave a surprising answer: «I am a sinner».  Then he reinforces his answer: «This is the most accurate definition.  It is not a figure of speech, a literary genre.  I am a sinner».  And immediately after he affirms: «I am a sinner whom the Lord has looked upon».  To us Jesuits the words from the 32nd GC come to mind, when there we were asked: «What is it to be a Jesuit? It is to know that one is a sinner, yet called to be a companion of Jesus» (D II, 1).  Father Bergoglio had taken part at that Congregation, and definitely these words now resonate in his heart: he is defining himself as a Jesuit.

In the homily for the Feast of St Ignatius of 2013, Pope Francis speaks of the «shame of the Jesuit».  Contemplating the crucified Christ, in the first week of the Exercises, we are taken by the feeling, so human and so noble, that is the shame of not being good enough.  «And this always brings us, as individuals and as the Society, to humility, to living this great virtue.  […]  Humility that spurs us to put our whole self not into serving ourselves or our own ideas, but into the service of Christ and of the Church, as clay vessels, fragile, inadequate and insufficient, yet which contain an immense treasure that we bear and communicate»[17].

The Pope does not speak of a humility that is confused or that is expressed with devout acts, but he refers to the humility that identifies us with Jesus Christ poor and humiliated, with God incarnate on the cross, both when we must confront misunderstandings and when we become objects of misunderstandings and calumnies; but this is the more fertile attitude.  And the Pope cites the Chinese rites, the Malabar rites, the Reductions of Paraguay, misunderstandings and problems experienced also in recent times[18].

This humility is throughout all of the spirituality of the Society, and finds expression in these two terms, apparently contradictory, that also complete the identity of the Society: magis and minima.  These two correlative terms makes sense only when they supplement each other.  The Ignatian «more» is always the desired answer–«because the more you love him and follow him»—, that pushes the Jesuit to desire poverty and humiliation more than wealth and honors, to imitate and follow Jesus Christ more.

The «more» understands the «less», and is realized in «diminshing», that is the true humility.  The Society is «least» in its identity, because that implies «being submissive… and serving…».  Apostolic magis is then composed of inquiry, gratuity and availability, that lead us to «diminish», to not be at the center, to leave our security and «in Him alone must be placed the hope» (Cost. 812).

tumblr_ocmn1jp2zg1qz6bc9o1_1280The Jesuit, man of open thought, of great desires, always in search

In the interview cited, the Pope affirms that the Jesuit is a man «of incomplete thought, of open thought».  And he explains the reason: «The Jesuit thinks again and again, looking to the horizon, toward which he must advance, with Christ at the center.  This is his true strength».  In effect his «decentralization» keeps him in search, makes him creative, generous.

Pope Francis returns to this idea in the homily of the Feast of the Holy Name of Jesus, January 3, 2014.  The Jesuits are men in search, because «they think always looking to the horizon which is the ever greater glory of God, who ceaselessly surprises us. And this is the restlessness of our inner abyss. This holy and beautiful restlessness!».

Francis holds present that which most characterized St Ignatius and his spirituality: the search for the will of God, so meaningfully manifested in Ignatius’ Autobiography, when he defines himself as «the pilgrim».  The Pope speaks of restlessness of the heart—because God is surprise—, that he asks: «What does God want of me?».  Here the ultimate end of the spiritual process of the Exercises, the fruit of the long Jesuit formation to learn to seek and to find God in all things finds meaning.  To find the will of God is the object of the tool so Ignatian that is discernment.

Pope Francis is leading us «For where the Society’s first members have passed through» to revive the gift, in a way that, with the grace of God, we may push ourselves «or to go farther in the Lord» (Cost. 81).  He is leading us to the Preface of the Constitutions, that exhort us to be guided, more than from Rules and external observance, «the interior law of charity and love which the Holy Spirit writes and imprints upon hearts» (Cost. 134).

And so in order to not deceive ourselves, once again the Pope proposes to make this examination of conscience: «if our heart has preserved the restlessness of the search or if instead it has atrophied; if our heart is always in tension: a heart that does not rest, that does not close in on itself but beats to the rhythm of a journey undertaken together with all the people faithful to God».  It is not only a spiritual restlessness, but «a restlessness that is also apostolic […].   It is the restlessness that prepares us to receive the gift of apostolic fruitfulness. Without restlessness we are sterile».  And again he warns us: «May our gaze, firmly fixed on Christ, be prophetic and dynamic in looking to the future. Thus you will remain ever young and bold in interpreting events!»[19].

In addition, the Pope present Faber with this characteristic trait: a restless spirit, indecisive, never satisfied, who learns, under the guidance of Ignatius, to unite his restless, but sweet, sensibility with the capacity to take decisions.  A man of great desires, of great aspirations.  In his desires, Faber was able discern the voice of God.

And the Pontiff added the apostolic aspect of such desires: «An authentic faith always involves a profound desire to change the world»[20].  Francis recalls the Constitutions: «we help our neighbor by the desires we present to the Lord our God» (Const. 638).  In effect, in the Spiritual Exercises, in the letters and in the Constitutions[21] Ignatius urges us very often to nourish «the good and great desires» and to concentrate them in Jesus Christ.  He made it a personal experience in his spiritual process, as referred to in the Diary and in the Autobiography.

Looking to Faber, Pope Francis asks us: «Do we also have great vision and impetus? Are we also daring? Do our dreams fly high? Does zeal consume us? Or are we mediocre and satisfied with our “made in the lab” apostolic programs?»[22]  Still in the homily of January 3, 2014, the Pope mentions the Church as a reference for the Society: «Let us always remember: the Church’s strength does not reside in herself and in her organizational abilities, but it rests hidden in the deep waters of God. And these waters stir up our aspirations and desires expanding the heart. It is as St Augustine says: pray to desire and aspire to expand the heart»[23]

resizeThe Jesuit, man of the frontier

In the audience with La Civiltà Cattolica, Francis defines us as men of the frontier: «Your proper place is at the frontier. This is the place of Jesuits.  […] Please, be men of the frontier, with that capacity that comes from God”.  There is never a lack to that allusion of the center of the identity of the Jesuit, the place from which these notes of his «profile» can flow, in the Pope.

And he specifies also how he needs to go towards the frontier: «do not give in to the temptation of domesticating these frontiers: it is essential to go out to the frontiers but not to bring frontiers home to touch them up with a little varnish and tame them».  And he again defines the Jesuit’s mission as service for the Church: «It is a question of supporting the Church’s action in all the fields of her mission».

In the interview released by Fr. Spadaro, Pope Francis clarifies his thought on the frontier a bit more: «I am referring in a particular way to the need for those who work in the world of culture to be embedded into the context in which they work and on which they reflect».  Evidently, he was making a reference to the work of thinkers and writers; but then he enlarges his thought and states: «There is always the lurking danger of living in a laboratory.  […]  I am afraid of laboratories because the problems are taken to the laboratory, and then taken home so as to be tamed, to paint them out of their context.  You cannot bring the frontier home, but you have to live on the border and be bold»[24]

The faith is always an inculturated faith, a faith that is way, a faith that is history:  God is made flesh revealing himself in a concrete history. Here the reference is Father Arrupe and his letter to the CIAS (Centros de Investigación y Acción Social), that the Pope defined as «genial»; in it is clearly said that you cannot speak of poverty if you do not experience it[25].

In the celebration of the bicentennial of the restoration of the Society, Pope Francis summarized the work of the Society at the frontier of our time: refugees and displaced persons, integration of service with faith and the promotion of justice[26], and he recalled, making it his own, the words of Paul VI at the 32nd GC, that he himself heard with his own ears: «Wherever in the Church, even in the most difficult and extreme situations, in the crossroads of ideologies, in the social trenches, where there has been and there is confrontation between the deepest desires of man and the perennial message of the Gospel, Jesuits have been present and are present»[27].  Francis added: «These are prophetic words of the future Blessed Paul VI».  Even Pope Benedict, in his song, took these demanding and encouraging words of Pope Montini.

Three Popes, therefore, have sent the Society the same message.  Words of trust and esteem, but also very demanding, because they recall the ecclesial meaning of our vocation.

The Jesuit, man of dialogue

In the audience granted to La Civiltà Cattolica, Pope Francis retraces its defensive history and fidelity to the Church and reminds the writers that their «duty is not to build walls but bridges; it is to establish a dialogue with all people, even those who do not share the Christian faith […] and even, “those who oppose the Church and persecute her in various ways” (Gaudium et Spes, n. 92)».  And to dialogue, one needs to lower one’s guard and to open doors.  The Pope encourages the writer to continue the dialogue with cultural, social, political institutions, to offer a contribution for the common good.

In the Pope’s words the figure of his model of the Jesuit returns to make itself present.  We may wonder at the fact that when the Pope reads these words of Faber: «Whoever wants to draw close to the heretics of this age must have a lot of love with them and love them in veritate» communicating «familiarity with them»[28], he is left struck by them and comments: «His dialogue with all, even the most remote and even with his opponents…»[29].

cropped-santis.jpgThe Jesuit, man of discernment

What we have reported up to her recalls that the Jesuit is a man who has the gift of discernment «who seeks to recognize in the human and cultural situation the presence of God’s Spirit, the seed of his presence already sown in events, in sensibilities, in desires and in the heart’s profound aspirations and in social, cultural and spiritual contexts».  Pope Francis defines spiritual discernment «a treasure of the Jesuits».  And he states he was left struck by the observation of Hugo Rahner, for whom the Jesuit «is a specialist in discernment in the field of God and also in that of the Devil»[30].  We don’t need to be afraid to continue in discernment to find the truth.

When Fr. Spadaro asks him what aspect of Ignatian spirituality helps him the most to live his ministry, Francis answered: «Discernment.  Discernment is one of the things that worked inside of St Ignatius.  For him it is an instrument of struggle in order to know the Lord and follow him more closely»[31].  And he added: «This discernment takes time.  […]  I believe that we always need time to lay the foundations for real, effective change.  And this is the time of discernment.  Sometimes discernment instead urges us to do precisely what you had at first thought to do later.  […]  The wisdom of discernment redeems the necessary ambiguity of life and helps us find the most appropriate means, which do not always coincide with what looks great and strong»[32].

In the celebration of the bicentennial of the restoration, Pope Francis made very precise observations on discernment: «in a time of confusion and turmoil […], in the confusion and humiliation, the Society preferred to live the discernment of God’s will, without seeking a way out of the conflict in a seemingly quiet manner. Or at least in an elegant way: this they did not do».

In other discourses, the Pope expounds on, almost incidentally, the conditions in order that a true spiritual discernment is given.  For example, he refers to right intention, a simple gaze, to the fact that «discernment is always done in the presence of the Lord, looking at the signs, listening to the things that happen, the felling of the people, especially the poor»[33].

Regarding the suppression of the Society, Pope Francis refers to what Fr. Lorenzo Ricci said about the sins of the Jesuits.  In fact, discernment does not seek the easy «compromise», it saves us from real uprooting, from the real “suppression” of the heart, which is selfishness, worldliness, the loss of our horizon, of our hope, which is only Jesus, when we seek what God asks.

In narrative form

We can in conclusion, add a note on «how» the Pope addressed the Jesuits in the «previous discourse».  In the interview released by Fr. Spadaro, he states that “the Society can only be described in narrative form.  Only in the narrative from do you discern»[34].  In effect the Pope has «narrated» us, with clarity and insistence, the Society’s identity, centered on Christ and on the Church: «To serve as a soldier of God beneath the banner of the Cross and to serve the Lord alone and the Church his spouse, under the Roman Pontiff»[35].

The Pope has «narrated» us, so that we, making «memory», place ourselves in an attitude of discernment and, grateful for so much good received, examine if we are in that «center» and, once «decentered» from ourselves, desire to live under the banner of Jesus: only thus will we be able to know how and in what the Lord and his Church want to be served by this «least» Society.

The Pope’s narrative language does not lead him to get lost in secondary questions.  He brings us back, as in a serene conversation with his brother Jesuits, to the origins, where «the first ones came», to where, through them, the gift of the Spirit overflows to the Church; and in a very Ignatian way questions himself, he a Jesuit, and questions us Jesuits, on our life and on our mission in reference to that core identity.

Following the example of Faber, Pope Francis talked to us with sweetness, with brotherhood, with love, in truth, like a «big brother»; and, like Faber, he also invites us to have the desire to «allow Christ to occupy the center of our heart»[36], because «it is only possible to go to the limits of the world if we are centered in God»[37]

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(translation by Reyanna Rice)

NOTES

[1] Cfr Fontes Narrativae Societatis Iesu (FN), I, 104

[2] 35th General Congregation of the Society of Jesus, Decree 1.

[3] P. Fabro, Spiritual memories, Rome – Milan, Civiltà Cattolica – Corriere della Sera, 2014, 18; Monumenta Historica Societatis Iesu (MHSI), 63, 162.

[4] Pope Francis, Vespers and «Te Deum» on the bicentenary of the restoration of the Society, September 27, 2014.

[5] Cfr Id., Homily on the feast of St Ignatius, July 31, 2013.

[6] A. Spadaro, «Interview with Pope Francis», in Civ. Catt. 2013 III 454 s

[7] «Formule dell’Istituto 1539, 1540, 1550», in Ignatian Sources, MCo I, 373- 383.

[8] Pope Francis, Vespers and «Te Deum» on the bicentennial of the restoration of the Society, cit.

[9] Ibid.

[10] Pope Francis, Homily on the feast of St Ignatius, July 31, 2013.

[11] Pope Francis, Letter to the Provost general of the Society of Jesus, Father Adolfo Nicolás Pachón, March 16, 2013: cfr www.vatican.va

[12] A. Spadaro, «Interview with Pope Francis», cit. 459.

[13] Pope Francis, Homily on the feast of St Ignatius, July 31, 2013

[14] «Audience of Pope Francis to “La Civiltà Cattolica”», June 14, 2013, in Civ. Catt. 2013 III5.

[15] Pius VII, Sollicitudo ommium ecclesiarum.

[16] Benedict XVI, Discourse to the fathers of the General Congregation of the Society of Jesus, February 21, 2008: cfr www.vatican.va

[17] Pope Francis, Homily on the feast of St Ignatius, cit.

[18] A. Spadaro, «Interview with Pope Francis», cit.,456.

[19] «Audience of Pope Francis to “La Civiltà Cattolica”»,cit., 5.

[20] Pope Francis, Homiliy in the Mass for the Feast of the Holy Name of Jesus, January 3, 2014.

[21] We find a very meaningful example in Const. 101 (Examen).

[22] Pope Francis, Homily in the Mass for the Feast of the Holy Name of Jesus, cit.

[23] Ibid.

[24] A. Spadaro, «Interview with Pope Francis», cit.,474.

[25] Ibid.

[26] Besides the discourse cited in the text, Pope Francis has proclaimed discourses for groups of Jesuits and laity who work in various apostolic fields: the Latin American Congress of former students (November 2015); Former students from Uruguay (October 2013); Gregorian University (April 2014); Vatican Observatory (June 2014, September 2015); Astalli Center (September 2013); Jesuit Refugee Service (November 2015); Youth Eucharistic Movement (August 2015).

[27] Paul VI, Discourse to the 32nd General Congregation of the Society of Jesus, n. 2.

[28] Monumenta Fabri, 399-402.

[29] A. Spadaro, «Interview with Pope Francis», cit.,457.

[30] «Audience of Pope Francis to “La Civiltà Cattolica”»,cit., 4 s.

[31] A. Spadaro, «Interview with Pope Francis», cit.,453.

[32] Ibid, 454.

[33] Ibid.

[34] Ibid, 455.

[35] Julius III, Bull Exposcit debitum, July 15, 1550

[36] P. Faber, Memorie spirituali, n. 68.

[37] Pope Francis, Homily in the Mass for the Feast of the Holy Name of Jesus, cit.